¿En qué año llegó Gelman al país? ¿89, 90? No me acuerdo. Pero en boca de todos los intelectuales argentinos estaba el altisonante: ¡Al fin volverá Gelman! Su libro Interrupciones y Bulu Bulu de David Wapner fueron los dos primeros libros de poesía que leí. Antes había leído poemas sueltos de Pizarnik, Rubén Darío, Neruda, pero yo buscaba otra cosa. También un poeta me regaló una hoja de poesía con un poema suyo: “Maravillame” era el título del poema y consistía en repetir esa palabra mil veces y el poema solo era maravillame maravillame maravillame. Me pareció genial. En la misma hoja había otro poema del cual me acuerdo un verso que jamás me olvidaré, “yo me llamo Rodolfo que rima con golfo”. Genial. En la contratapa del libro Interrupciones estaba Gelman peinado a la gomina, con un gran cigarrillo en sus manos. Yo pensaba que un poeta debía ser eso, fumar, ponerse gel, hablar de los compañeros caídos, etc. En el súper había un repositor de la sección de electrodomésticos con el cual me hice compinche tomando nuestra taza de leche con Nesquik en el comedor. Una mañana, abriendo un paquetito plateado de manteca y untándola en la galletita me dijo: “Una pastilla de cianuro del tamaño de este paquetito se tragó para no delatar, para seguir viviendo, para que las cosas no sigan como están”. Y me habló de Haroldo Conti, de Urondo, de Rodolfo Walsh, de Roberto Santoro. Yo no sabía qué significaban esos nombres. No tenía idea nada, yo le hablé de Constitución y le enseñé la clave de cómo levantarse tickis en la bailanta. “¿Conocés Crisis?”, me dijo y sacó un ejemplar de la revista con unos poemas de Santoro adentro. “Este es mi poeta, mi faro”, me dijo señalando la foto de un barbudo con la camiseta de Racing. Leí unos poemas sobre fútbol del tipo y me encantó. Al otro día me contó del recibimiento a la llegada de Gelman al país. “Hoy llega Juan Gelman”, me dijo, “¿vamos a verlo?”. Quedamos en encontrarnos en la librería Liberarte a las 5 de la tarde. Yo desde las 3 de la tarde comencé a recorrer las librerías. En cada una había afiches y volantes recordándole a la gente la llegada del poeta. Yo no sabía de dónde venía el poeta ni por qué se había ido. Yo creía que Gelman era como Santoro, mi poeta preferido. Cuando llegué a la librería donde el poeta brindaría un recital de poesía, no encontré a mi compañero de trabajo. Pero había un montón de chicos de mi edad. ¿Qué edad tendría por entonces? ¿17, 18? Ellos eran un poco más grandes. Sin duda eran los poetas jóvenes de la ciudad. Entre ellos había unas chicas muy lindas, también. Fue una sorpresa para mí enterarme de que esas chicas lindas escribían poesía. Para mí la poesía siempre fue cosa de viejas o viejos. (Hasta el día de hoy sigo creyendo que la poesía es cosa de viejos o viejas). Pero ahí eran todos jóvenes. Gelman les dedicó unos versos, no sé si a ellos o, en sus palabras, “a la juventud despierta”. Yo también era joven pero sentí que no era parte de esa juventud. Leyó Gelman y todo fue aplausos. Después fueron todos a comer a una parrila cercana al Parque Lezama y me colé. Gelman estaba del otro lado de la mesa y no me daba ni la hora. Una señora de rulos me preguntó, “¿Vos sos un poeta joven? ¿Sos de la generación del 90?” Al final de la noche estaban todos borrachos. Gelman no estaba en la mesa, se había ido y nos quedamos solos. Yo pegué onda con un flaquito de pelo largo que leía a Ginsberg y trabajaba en una biblioteca. Tenía un extraño tic en la cara. Sus amigos hacían bromas violentas. Me daban miedo. Bromeaban con los putos y los negros. Yo era un negro. Cuando volvimos caminando me invitaron a otro bar. Yo dije claramente, “No, no, yo cu, curto el 39”. Y se empezaron a reír, a señalarme y a decirme: “¡Cucurto, Cucurto, Cucurto!”
.- Washington Cucurto, en Las aventuras del Sr. Maíz