24.6.09

rompiendo vidrios

nena, estuve
rompiendo vidrios
en tu habitación otra vez
escuchá

no mires la alfombra
le dibujé algo horrible encima

mirá

sos una persona maravillosa
pero tenés problemas
nunca te voy a tocar
.- David Bowie

Las plantas y los zombis ya fueron

El juego que HAY que jugar es el Stalin vs. Martians

23.6.09

Cuando Gabriela Michetti dice eso de "estoy harto de que me griten, de que me maltraten", no lo dice refiriéndose a esto, ¿no?

21.6.09

Frying Up Some Iggys



Scott Campbell
8 x 10 inches
watercolor on paper, framed


Lo encontré acá.

Cambio de estación

Bienvenimos al invierno despidiendo al otoño con este poema de Rodolfo Edwards:

Otoño porteño
perdón por la obviedad pero
¡qué lindo se pone Buenos Aires en otoño!
parece que alguien le pasó revoque fino
a todas las cosas
acaricio imágenes vespertinas
como el lomo de un gato
como el tapado de Susana Giménez
hundo mis narices
en mi sweater flamante
los árboles tienen hojas de oro
de dólar de euro
del humo del café
sale Aladino
y me pasa una tuca

hasta la gente parece más buena
también los ferreteros y los taxistas y los policías
y otros gremios que odio

las mujeres hermosas
duplican su belleza
como créditos de celular

amén

18.6.09

No leí Cumbres borrascosas pero igual

La danza, la expresión fantasmal del rostro, el montaje ochentoso funcionando a todo vapor. La canción yo la escuchaba de chico, versionada por Angra (una banda brasileña de power metal; alguna vez coqueteé con el género, antes de descubrirlo incurablemente histérico) y la versión original, con muchísima elegancia, le rompe el culo. Tales las razones que hacen que de "Wuthering Heights" de Kate Bush el video de la semana.



(Aparte tiene esos versos geniales que dicen "Now it gets dark, it gets lonely/ on the other side of you")

14.6.09

Haga ¡pop! el mundo un día

... Una marca, me parece, de los artistas después del fin del arte es que no se adhieren a un solo canal creativo: la obra de Komar y Melamid tiene un espíritu malicioso, pero no un estilo visualmente identificable. Los Estados Unidos han sido conservadores en esto, pero Warhol hizo películas, patrocinó una forma de música, revolucionó el concepto de fotografía, de la misma manera que hizo pinturas y esculturas, y por supuesto escribió libros y ganó fama como aforista. Incluso su estilo de vestir, jeans y camperas de cuero, se volvió el estilo de una generación entera. En este punto disfruto invocando la celebrada visión de la historia después del fin de la historia que Marx y Engels adelantaron en La ideología alemana, en la cual uno puede cultivar, cazar, pescar, o escribir crítica literaria, sin volverse granjero, pescador o crítico literario. Y, si puedo anexarle una verdadera pieza de artillería filosófica, esta negación a ser alguna cosa particular es lo que Jean-Paul Sartre llama ser verdaderamente humano...

.- Arthur Danto, "Arte pop y futuros pasados" en Después del fin del arte (Paidós, 1999)

9.6.09

La llegada de Juan Gelman

¿En qué año llegó Gelman al país? ¿89, 90? No me acuerdo. Pero en boca de todos los intelectuales argentinos estaba el altisonante: ¡Al fin volverá Gelman! Su libro Interrupciones y Bulu Bulu de David Wapner fueron los dos primeros libros de poesía que leí. Antes había leído poemas sueltos de Pizarnik, Rubén Darío, Neruda, pero yo buscaba otra cosa. También un poeta me regaló una hoja de poesía con un poema suyo: “Maravillame” era el título del poema y consistía en repetir esa palabra mil veces y el poema solo era maravillame maravillame maravillame. Me pareció genial. En la misma hoja había otro poema del cual me acuerdo un verso que jamás me olvidaré, “yo me llamo Rodolfo que rima con golfo”. Genial. En la contratapa del libro Interrupciones estaba Gelman peinado a la gomina, con un gran cigarrillo en sus manos. Yo pensaba que un poeta debía ser eso, fumar, ponerse gel, hablar de los compañeros caídos, etc. En el súper había un repositor de la sección de electrodomésticos con el cual me hice compinche tomando nuestra taza de leche con Nesquik en el comedor. Una mañana, abriendo un paquetito plateado de manteca y untándola en la galletita me dijo: “Una pastilla de cianuro del tamaño de este paquetito se tragó para no delatar, para seguir viviendo, para que las cosas no sigan como están”. Y me habló de Haroldo Conti, de Urondo, de Rodolfo Walsh, de Roberto Santoro. Yo no sabía qué significaban esos nombres. No tenía idea nada, yo le hablé de Constitución y le enseñé la clave de cómo levantarse tickis en la bailanta. “¿Conocés Crisis?”, me dijo y sacó un ejemplar de la revista con unos poemas de Santoro adentro. “Este es mi poeta, mi faro”, me dijo señalando la foto de un barbudo con la camiseta de Racing. Leí unos poemas sobre fútbol del tipo y me encantó. Al otro día me contó del recibimiento a la llegada de Gelman al país. “Hoy llega Juan Gelman”, me dijo, “¿vamos a verlo?”. Quedamos en encontrarnos en la librería Liberarte a las 5 de la tarde. Yo desde las 3 de la tarde comencé a recorrer las librerías. En cada una había afiches y volantes recordándole a la gente la llegada del poeta. Yo no sabía de dónde venía el poeta ni por qué se había ido. Yo creía que Gelman era como Santoro, mi poeta preferido. Cuando llegué a la librería donde el poeta brindaría un recital de poesía, no encontré a mi compañero de trabajo. Pero había un montón de chicos de mi edad. ¿Qué edad tendría por entonces? ¿17, 18? Ellos eran un poco más grandes. Sin duda eran los poetas jóvenes de la ciudad. Entre ellos había unas chicas muy lindas, también. Fue una sorpresa para mí enterarme de que esas chicas lindas escribían poesía. Para mí la poesía siempre fue cosa de viejas o viejos. (Hasta el día de hoy sigo creyendo que la poesía es cosa de viejos o viejas). Pero ahí eran todos jóvenes. Gelman les dedicó unos versos, no sé si a ellos o, en sus palabras, “a la juventud despierta”. Yo también era joven pero sentí que no era parte de esa juventud. Leyó Gelman y todo fue aplausos. Después fueron todos a comer a una parrila cercana al Parque Lezama y me colé. Gelman estaba del otro lado de la mesa y no me daba ni la hora. Una señora de rulos me preguntó, “¿Vos sos un poeta joven? ¿Sos de la generación del 90?” Al final de la noche estaban todos borrachos. Gelman no estaba en la mesa, se había ido y nos quedamos solos. Yo pegué onda con un flaquito de pelo largo que leía a Ginsberg y trabajaba en una biblioteca. Tenía un extraño tic en la cara. Sus amigos hacían bromas violentas. Me daban miedo. Bromeaban con los putos y los negros. Yo era un negro. Cuando volvimos caminando me invitaron a otro bar. Yo dije claramente, “No, no, yo cu, curto el 39”. Y se empezaron a reír, a señalarme y a decirme: “¡Cucurto, Cucurto, Cucurto!”

.- Washington Cucurto, en Las aventuras del Sr. Maíz

7.6.09

para quien el ánimo de la noche
siempre rompe como una fina capa de hielo
en la que una bota se clava
el rítmico eco de sus propios pasos en la vereda
se abren solamente en un único momento cierto
los sonidos mínimos de la calle en madrugada

el goteo constante de las canillas, el sonido de por ejemplo el tallo
de las plantas al crecer y el crac
de los escalones de madera
que hace un vecino que también llega
y acaso su oído también busca
de modo similar también la tranquilidad
y también el descanso
en los ruidos que se acomodan
en niveles diversos de la oscuridad
que de a poco como un humo se diluye
en la porosa y virgen claridad del alba